Mick Jagger salió volando hasta estrellarse con una bandeja de Salmón ahumado. Luego intentó escabullirse por la canal de una ventana.

A eso de las 5 y media de la mañana, varios golpes sonaron en la puerta de la habitación en la que se encontraban Keith Richards Mick Jagger. Corría el año 1984 y los Rolling Stones se encontraban en Ámsterdam, en los Países Bajos. La pareja de músicos había llegado unos cuantos minutos antes, luego de salir por un par de tragos con el fin de intentar liberar tensiones un rato: para ese entonces los integrantes de la banda no se la estaban llevando nada bien. No fue un rato y no fueron un par de tragos. Y fue así, con la lengua torpe y pese al consejo de Richards, que Jagger decidió llamar a Charlie Watts a esa hora y preguntar: “¿Dónde está mi baterista?”.  

Ya va poco más de un mes desde la muerte de Charlie Watts, músico ya legendario que, desde que se unió a los Rolling Stones en 1963, catapultó y acompañó a la banda inglesa a lo largo de estos años en los que asentó de manera profunda su huella en la historia de la música.  Proveniente de los barrios bajos de Londres, hijo de Charles Richard Watts, quien trabajaba como camionero, y Lillian Charlotte Eaves, operaria de una fábrica, desde pequeño mostró un interés y una particular sensibilidad con las artes -aunque también le gustaban deportes como el fútbol o el críquet.

A Watts poco le importaba la vida glamorosa. Tampoco lo deslumbraban los Rolling Stones:

“- ¿Cuál es su canción favorita de los Rolling Stones?

– Ninguna. Es que yo nunca escucho discos de los Stones. Sólo de vez en cuando suena alguno en casa, pero es porque lo pone mi esposa”.

Así respondió a la revista musical española Efe Eme en 2002, en donde también dijo que los Stones simplemente habían conseguido ser una buena banda de rock´n´roll a lo Chuck Berry. Algo similar también le soltó en alguna ocasión a la revista Rolling Stone al afirmar que, lo que ellos hacían, era “Backbeat pesado, como también lo hicieron los Beatles”. Tampoco podía entender qué era lo que la gente veía en su percusión.

Es bien sabido que Shirley Ann Shepherd, a quien conoció cuando ella estudiaba escultura y con quien estuvo casado 57 años al margen de cualquier escándalo de la farándula, era la rockera de la relación. Watts, por su parte, se declaraba un orgulloso fanático del jazz.

Y ahí estaba, a las 5 y media de la mañana en la puerta de aquella habitación de hotel. Quien era para muchos la grasa del motor de la agrupación inglesa, el sabor, el pegamento de la triada, vestía un traje impecable de Savile Row -una calle de Londres famosa por su sastrería tradicional a medida para hombres-, corbata, estaba afeitado y esparcía un elegante olor a colonia.

Fue Richards quien le dio la bienvenida y quien cuenta el anécdota en Life (2010), una memoria del guitarrista escrita con la ayuda del periodista James Fox. “Abrí la puerta y él ni siquiera me miró, pasó directamente a mi lado, agarró a Mick y dijo: ‘Nunca me vuelvas a llamar tu baterista’. Luego lo levantó por las solapas de la chaqueta y le dio un gancho con la derecha“.

En el libro, Richards  lo llama el “golpe del baterista”, letal, con mucho equilibrio y sincronización. Jagger salió volando hasta estrellarse con una bandeja de salmón ahumado. Rápidamente, buscó la manera de escapar deslizándose hacia una ventana abierta y así huir por una canal, mientras arrastraba la chaqueta que Keith le había prestado al principio de la noche. Watts, aún indignado, estaba feliz de ver al vocalista escurrirse de esa manera, pero Richards quería su prenda de regreso, pues era la que había usado el día de su boda, frustrando entonces el escape de Jagger. Aunque las cosas se calmaron por el momento, las tensiones siguieron a flor de piel, e incluso Watts quería volver a golpear al vocalista varias horas después del incidente.

Charlie Watts, forjó una imagen mística, austera y sin delineadores. Lejano del juego decadente y con una modestia honesta terminó conquistando a los fans de los Rolling Stones que escuchaban con sus golpes el sonido de la felicidad.

Menú